Dannyth Lima vivía en una de las ciudades más desarrolladas del país “más grande del mundo”, aunque el no había nacido en Brasil, se había adaptado perfectamente, su peculiar facilidad para los idiomas le había permitido encajar con cierta facilidad en su medio, además de su nada común personalidad y su muy singular forma de vestir y pensar hacían de él algo en que fijarse.
El había vivido en Perú, un país vecino a Brasil, pero poco después de cumplir 20 años había logrado convencer a sus padres que le enviaran a estudiar, ahora con sus 26 años y su titulo de ingeniero de Software, un empleo muy bien remunerado en una de la compañías intercontinentales mas grandes del mundo, y sin familia que mantener gozaba de cierta posición social y una libertad económica envidiable para muchos.
Sin embargo Dannyth no era del todo feliz, su propia forma de ser se negaba a aceptar el lujo y el confort en el que ahora vivía, cuando pequeño el había soñado en aventuras, haciendo de trotamundos, buscando tesoros y enfrentando peligros, un sueño común en la mayoría de los chicos de 10 años, pero que se había arraigado en lo mas profundo de su ser
Soy un burgués mas – se dijo – si mi yo de hace unos años me vería, me metería una patada y se burlaría de mi.
Era aproximadamente las 11 de la mañana, él estaba sentado en su oficina del piso 14, el sol de setiembre brillaba al otro lado de sus paredes de cristal reforzado, el aire acondicionado llenaba el ambiente de frescura, pero su mente estaba nublada, nostalgia de su vida en su país natal, de los conciertos de Rock a los que asistía, la gente con la que daba largos paseos a pie en las noches frescas, con su mochila al hombro, su cabello largo, sus zapatillas de tela y sus lentes de marcos gruesos y oscuros.
Se levantó sobre saltado, presionó un botón del teléfono y llamo a su secretaria
- Por favor Mariela cancele mis citas de hoy y mañana
- Pero señor Lima, el ejecutivo de Micronics vendrá hoy para discutir la concesión
- No lo tome a mal, pero no voy a estar disponible, las citas que seas impostergables déjeselas a otro o tómelas usted misma, confío en su juicio
- Pero Señor…
- Buenos días Mariela
Colgó el teléfono con algo de brusquedad, abrió su cajón y sacó un objeto de él, se acercó a su elevador privado y empezó a subir
Llegó a la terraza del edificio, se paró en la cornisa, vio el mundo abajo, observó con cuidado los pequeñísimos puntos moverse, autos y personas, el mundo seguía ahí abajo, sonrió “mi mundo… este es mi mundo, un mundo podrido” cerró los ojos, respiró profundo, abrió los brazos y se dispuso a hacer un largo viaje.
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